Ecuador vivencias

Las lágrimas que no se pueden llorar

Testimonio de María Fernanda Restrepo

Entrevista y redacción por Claude Roulet y Dora Quintero, año 1996.

A comienzos de 1988, yo era una niña de diez años y asistía al quinto grado de primaria. Con mis hermanos tenía una relación inmejorable. Recuerdo el bullicio y la alegría de aquellos días, nuestros juegos, los baños en la piscina, el regazo de mi madre, su habitación donde tantas horas pasaba escuchando sus historias y mi padre lleno de confianza en sí mismo. Ése era mi hogar, mi familia, nuestra vida. No imaginaba que todo esto pronto iba a terminar.

El viernes 8 de enero en la tarde, al terminar las clases, junto a una amiguita que ese día cumplía años esperamos a mis hermanos en la esquina del colegio, hasta que nos recogieran, porque mis padres se encontraban de viaje. Después de un largo tiempo, al ver que no llegaban, decidimos tomar un bus. No se me ocurrió pensar que les hubiera sucedido algún percance. Tenía la mente de una niña, en este momento llena de deseos de celebrar el cumpleaños de mi amiga.

La fiesta se acabó a las seis de la tarde. Los niños invitados fueron recogidos por sus familiares, únicamente yo seguía esperando. ¿Cuántas horas más? Aún vestida, aguardé hasta las nueve o diez de la noche. Sentí sueño.

Mientras hacía esfuerzos por contener los bostezos, recibí la llamada de nuestra empleada. Noté que estaba nerviosa y entre sollozos me preguntó si mis hermanos me habían recogido. Ante mi negativa, me recomendó quedarme a dormir en casa de mi amiga.

Me quedé el sábado, dormí hasta el domingo, sin saber qué ocurría, porque nadie me llamaba. Nuestra empleada se encontraba por otros rumbos, alertando a todos los amigos de la familia para que buscaran a mis hermanos. Al mediodía del domingo llegaron a casa de mi amiga para recogerme. Me saludaron, intentaban sonreír, como si todo hubiera estado normal. Cuando les pregunté, “dónde están Santi y Nené” (así les llamaba a mis hermanos), me comentaron que no lo sabían, que al parecer estaban en casa de un amigo. Con esta información seguí tranquila. “¡Qué bueno que estén donde un amigo!”, pensaba. Nos fuimos a casa.

La tarde se presentó sorprendentemente agitada. Nuestro hogar se encontraba lleno de amigas de mi madre. Cuando llegaron mis padres de la Costa, todo era pleno, chévere. Mi papá estaba con buen humor, mientras mi mamá reía en la sala. El mundo parecía perfecto, lleno de sonrisas. Mi madre creía que Carlos Santiago y Pedro Andrés se habían ido únicamente durante ese domingo, y que aún no habían regresado.

Cansada de las conversaciones de los adultos, subí con una amiguita a mi cuarto en el segundo piso. Desde lejos escuchábamos las voces y risas de los mayores en la sala. Poco a poco nos perdimos en nuestro mundo de juegos. De la pared descolgué un espejo. Lo tenía entre las manos y miraba mi cara. En ese mismo instante —abajo en la estancia— mi madre gritó, un alarido desgarrador como si le hubieran arrancado el corazón y el espejo se quebró. Mi imagen se desdibujó como un presagio de dolor y muerte.

El vidrio se partió como si hubiera sido capaz de romper mi presencia. Fue tan espantoso el grito que hasta ahora lo guardo en la memoria y me duele en el alma. Sentí un vacío inmenso, me quedé perpleja, asustada, e inmediatamente bajé corriendo para saber qué sucedía. Mi mamá gritaba descontrolada, se revolcaba de tal forma que sus amigas la tuvieron que sostener de los brazos. Ahí comenzó el drama.

En casa empezó a reinar la pesadilla y el caos. Durante los siguientes días nuestros espacios se encontraban repletos de amigos, familiares y agentes. Las llamadas telefónicas seguían una tras otra, las discusiones eran sin fin. Escuché llantos, voceríos, a mi madre la veía destrozada, su rostro se había ensombrecido.

Mis padres quisieron evitar que esta situación me afectara. A los pocos días empacaron mis maletas y me mandaron —“hasta que todo se normalice”— a vivir en la casa de mi mejor amiga. Seguramente, ellos buscaban que el drama que vivíamos en ese momento no me perjudicara.

Pero me afectó como puede afectar a cualquiera. No quería separarme de mi madre, olvidar los juegos con mis hermanos, salir de la casa. Los padres de mi amiga me trataron con mucho cariño y amor, pero al final no era lo mismo. Me sentía sola. Deseaba repartir abrazos y besos a mis seres queridos. A ratos me preguntaba: “¿Por qué no quieren que vuelva a casa?” No comprendía esa nueva realidad.

Mis padres me llamaban constantemente por teléfono, más mi padre que mi mamá. Ella estaba totalmente fuera de onda de la vida. Pocas veces me visitaba mi papá y, en contadas ocasiones —casi nunca—, fui a nuestra casa para visitarlos. Yo creía que mis hermanos ya habían regresado. Los buscaba por sus cuartos, inspeccionaba sus ropas, pero los muchachos no estaban. Recorría las habitaciones, sin alegría, como una sombra. Con mi mente seguía creyendo, igual como mi mamá, que ellos estaban vivos.

Después de un tiempo, regresé a vivir con mi familia.

Aún recuerdo el desconsuelo que sentía, de niña, cada vez que buscaba a mis hermanos. Creía saber, por las promesas de la encargada de las investigaciones, Doris Morán, que la Policía los tenía. Constantemente me venían las preguntas desconcertadas: “¿Por qué se los llevaron y no los devuelven?”, me preocupaba, pero en general estaba tranquila, confiaba en lo que aprendí sobre la Policía, que el trabajo de ellos era cuidar de nosotros, especialmente de los niños. “Algún día los van a devolver”, pensaba. La subteniente Morán, sin cansarse, nos repetía lo mismo.

Tardes enteras pasaba en casa de la familia Morán. Las dos mujeres, madre e hija, me mimaban, me daban golosinas, me llamaban “mi’jita”. Como sabía que ellas tenían a Santi y Nené, pensaba que a ellos igualmente les iba bien y estaba segura de que un día regresarían. Pero no llegaban. En mi mente confusa intentaba comprender —sin lograrlo— por qué una policía tenía escondidos a dos niños.

Mis padres hicieron todo lo imaginable para que mi vida fuera lo más normal posible. Seguía estudiando e intentaba presentarme ante el mundo con la mejor de mis sonrisas. Con una inexplicable fuerza interna y para sorpresa de todos terminé el curso como la mejor alumna del año. Pero mi vida no era la de una niña corriente, existía un vacío. Tenía que levantarme cada mañana y comprobar que en mi familia ya no éramos cinco, como antes, sino solamente tres.

Permanecía en una nube de confusión, de dolor, de incertidumbre. Con mis hermanos jugábamos sin cansarnos, ahora tenía que hacerlo sola. Cambiaron mi vida sin mi consentimiento. Era terrible ver a mis amigas cómo estaban unidas con sus hermanos, con sus familias completas. Cuando peleaban, les interrumpía y les decía que disfrutaran del tiempo juntos. En mi casa, todo estaba en silencio, vacío. Deseaba jugar con alguien, estar con alguien, pelear con alguien. Pero en la mitad de la rayuela nos borraron el juego.

Mis padres nunca dejaron de atenderme. Pese a que estaban llenos de dolor, siempre se preocuparon de que hubiera todo a mi alcance. Estuvieron presentes en todo lo que hacía. No obstante, no estuve cerca de ninguno. Mientras intentaban encontrar algún indicio sobre el paradero de Santi y Nené, luchaban, trabajaban, yo no sabía cómo ayudarles. Aún recuerdo el desconsuelo que sentía de niña, cuando mis padres iniciaron la búsqueda de mis hermanos. Tenía diez, once años y no podía redactar cartas, como lo hicieron ellos. Me sentía inútil, no podía hacer nada. Con asombro miraba a toda esa gente en nuestra casa: ¡Cómo corría! Ajena al mundo, ensimismada en mi propia pena, no lograba entender lo que sucedía.

Fue tal el amor que mi padre supo darme, que aún destrozado por dentro, se mostraba conmigo sonriente y feliz. Por más que estaba cansado, derrotado, hecho pedazos, encontraba una chispa de energía y me acompañaba al parque. Juntos comíamos helados, nos encontrábamos con mis amigas. Recuerdo las hermosas jornadas pasadas a su lado. Nunca sentí su desmoralización. Pero, hoy me doy cuenta que la pena le hizo caer en los abismos más desoladores. Una desaparición deja profundas huellas de dolor que uno nunca supera en su totalidad.

Él vivió una profunda crisis, nadie puede intuir su inmenso dolor. Se resquebrajó porque ya no pudo soportar más sufrimientos. Hoy está recuperado, su aflicción la tiene guardada dentro. Superó todos los pequeños miedos, lo que le da energía y buen humor. Nuestra lucha es el compromiso que tenemos con Santi y Nené, ellos no están olvidados. “Por eso vivo, eso me da vida”, dice.

Ha superado su dolor por varias razones. La opinión pública estaba siempre a nuestro lado, el apoyo del pueblo le fortalece, le da nuevas energías. Él convirtió su tristeza en coraje y empezó a luchar, a darles madera a los policías. Creo que lo hará hasta morir. Nunca aceptará el crimen cometido contra nuestra familia, nunca claudicará en su lucha. Cada cosa que hace por mis hermanos, para él es una alegría. Cada golpe al Poder le da doble alegría.

Adoro a mi padre. Lo admiro por su valentía, por su bondad. Desde que recuerdo le he tenido a mi lado, lleno de ternura, amor y admiración. Orgulloso, alzándonos contra el cielo. Capaz de hacer cualquier cosa para complacernos.

Con mi mamá fue diferente. Al comienzo, ella no podía verme, porque me parezco a mis hermanos. Cuando me miraba, al mismo tiempo los veía a ellos. Mi presencia la hacía recordar su ausencia. Parecía escuchar sus alegres voces. Le dolía contemplarme. Se me acercaba y se me alejaba. Yo sentía una opresión en el pecho, deseaba volver a tener a mi madre, vivir con ella los tiempos felices, en los que creíamos que nadie podría separarnos.

En esos días, mi madre no escuchaba mis palabras, mientras le hablaba, miraba hacia el infinito. Su congoja, provocada por la inexplicable ausencia de sus hijos, le había robado todo el sentido de existir. Era tal su angustia, que no fue capaz de pisar las habitaciones de mis hermanos, ni soportaba ver sus retratos. La sombra del dolor se había extendido sobre nuestra casa. ¡Qué difícil fue para ella vivir!

Antes de su accidental muerte, su estado de ánimo mejoró un poco. Empezó nuevamente con los negocios. Sí, volvió a vivir fragilmente. Pero, de todas maneras seguía “muerta en vida”, como ella frecuentemente afirmaba. Permanecía con este deseo —no lo expresaba, pero yo le sentía— de irse. No soportaba sufrir más.

Pero, yo la necesitaba. Durante tanto tiempo se había alejado de mí. Un día, mientras ella permanecía en la cama, llorando, me le acerqué lentamente, miré su rostro contraído por el dolor, desmedrado de ausencia y de miedo. Me hinqué, tomé sus manos y le dije: “Por favor mamá, déjame crecer, soy muy chiquita, necesito estar contigo, no puedes morir”. Mientras ella seguía llorando, me puse en pie y le grité: “¡Déjame crecer!” Ella, un poco aturdida, se levantó, secó sus lágrimas y dijo: “Voy a vivir, por ti y por mis hijos”. Se vistió y añadió: “Ahora voy a luchar”. ¡Qué tremenda fue su lucha para no morir de pena!

Al momento del accidente, cuando ella murió, yo era una jovencita con una conciencia más formada, prácticamente adulta, más madura que en el tiempo de la desaparición de mis hermanos. Después del choque permanecí herida en el hospital, inconsolable y desesperada al saber que ella ya no estaría al regresar a nuestro hogar. No deseaba levantarme y asentar los pies sobre la tierra. Aún lesionada, volví a casa. Los espacios eran demasiado grandes para las dos personas que quedamos, mi papá y yo. Me parecía que necesitaba un taxi para llegar a las cosas. El ambiente no tenía sonido, el silencio era total, irreal e inhóspito.

¿Con quién hablar? Conmigo misma y con paredes. No deseaba estar con ese silencio. En todas las partes veía a mi mamá. No quería sentarme en ninguna silla, ni acostarme en la cama de ella. En el closet me topaba con su ropa. Mi mamá estaba presente en todo lado. Odiaba a esas habitaciones, a toda la gente que nos visitaba. ¡Cómo seguir viviendo de esta manera! No quería ver a nadie. En iguales condiciones debió haberse encontrado mi madre cuando desaparecieron mis hermanos. Era una desgracia el estar viva. No quería estar en ese lugar que me traía tantos recuerdos y tanto dolor.

Experimenté una profunda soledad. Mi único deseo fue acabar con esa pesadilla. Decidí viajar a Colombia. Quise huir, evitar que me dieran el pésame. Rechazaba que me miraran con lástima. En esos momentos me habría gustado gritar: “¡Fuera todo el mundo!” ¿Qué saben ellos lo que es vivir con este dolor dentro? Pero se repetía la misma cosa que viví cuando mis hermanos desaparecieron. Al verme, la gente exclamaba, “es la hermana de los desaparecidos”. Los compadecidos expresaban, “¡oh, pobrecita, qué pena!” Quería y quiero ser normal, pero hay gente que no me deja. Las verdaderas lágrimas no se pueden llorar.

Con el paso del tiempo, los frágiles y fugaces recuerdos a Santi y Nené se escapan. Admito que ya no recuerdo sus voces. En momentos trato de revivirlos en mi memoria, pero me quedo llorando sin haberlo logrado. ¡Por qué no me acuerdo! ¿Cómo eran? Es una experiencia terrible, el no poder evocarlos. Sí, sus rostros los tengo presentes, también algunos gestos y pocas escenas que vivimos juntos. Pero las voces, sus risas y llantos se me borraron. Entonces, el dolor crece. Qué difícil es tratar de traerlos nuevamente a mi vida.

Vivo con esos escasos recuerdos y sigo luchando contra el olvido. Las habitaciones de mis hermanos las mantenemos como eran. Todo está intacto. A veces echo una mirada a sus viejos cuadernos escolares o a sus ropas guardadas. Cierro los ojos y en mi imaginación los veo como a los adultos que hoy serían.